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MALENTENDIDOS

Lecturas equívocas, interpretaciones erráticas de poesías dadas a publicidad…

Un poema de Gilda Di Crosta

A partir de los días que creí

 

A partir de los días que creí

que no iba a tener muchos días

vi la pasión de las palomas por atravesar ventanas,

con cabezazos contra el vidrio,

también las vi sentadas

deslizándose una y otra vez, sobre los cables,

una y otra vez, y otra vez,

abocadas a empollar cualquier recoveco.

¡Son obstinadas las palomas!

 

De Amarino (Rosario, Ivan Rosado, 2017).

Obra de Ángeles Ascúa

     Conciente de la cercanía de la muerte, alguien mira a través de las ventanas ─el marco que encuadra el mundo visible del poema─ a las palomas que pululan. Los elementos se ven pero también se pueden leer como ideas: la pasión, aludida reiteradamente (“cabezazos”, “una y otra vez, y otra vez,”, “abocadas”, “obstinadas”), es un concepto. Su duración la distingue de un estímulo (instantáneo) o un sentimiento (intermitente). Vivir es una pasión: a veces causa sorpresa o admiración el brío con que lo vivo insiste o subsiste dentro y fuera de nosotros.

     Podemos detenernos en las imágenes: palomas que se mueven, aun sentadas “sobre los cables”. Pero también podemos advertir que se está hablando, al mismo tiempo, de las imágenes mismas: de la obstinación con que ellas persisten en nuestra memoria. La ventana recorta un encuadre y los elementos que aparecen en el plano se hallan en imagen. Esta imagen opera con datos escasos: unas palomas, cables, el vidrio de la ventana. Esos cables son como un hilo tenso que comunica el conjunto con la apertura constitutiva y vital del todo, lo que es lo mismo, el plano con el fuera de campo.

     En ese sentido, todo cuadro supone una desterritorialización de la imagen. Pero no solo se trata de algo que podría hacerse visible con un movimiento de cámara o el montaje de un nuevo cuadro. El fuera de campo también alude a lo que existe en otra parte, da fe de una presencia inquietante, que insiste o subsiste, como “la pasión de las palomas”. La poesía de Di Crosta, siempre despojada y lacónica, trabaja obsesivamente con el fuera de campo. Por eso sorprende el aliento inusual de estos versos, que convocan, de todos modos, la misma dimensión misteriosa, espiritual (“A partir de los días que creí”), la potencia de esa zona vacía, ese blanco sobre blanco imposible de mostrar.

     Diego Colomba

     Rosario, 23 de agosto de 2018.

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