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MALENTENDIDOS

Lecturas equívocas, interpretaciones erráticas de poesías dadas a publicidad…

Un poema de Laura Wittner

Viento

 

El viento abrió las puertas del balcón

y en un segundo hizo volar por el living

un río de escombros, todo lo que está suelto

todo lo apoyado en superficies:

cartas de Cars, peladuras de lápiz

expensas, papel crepé en bollitos

dibujos con y sin dedicatoria

un estíquer, un clip desenrollado.

Rugía, ese viento, traía lluvia frenética:

salimos a gritar al balcón

mis dos hijos y yo, porque fue un año duro

y pensé que nos lo merecíamos.

 

De Lugares donde una no está (Poemas 1996-2016). C.A.B.A., Gog y Magog Ediciones, 2017.

     Por las “puertas” abiertas del hogar entra a sus anchas el viento, una fuerza destructiva que arrastra todo lo que no ha echado raíces. Gran parte de “Viento” parece regodearse, si nos apegamos a su dimensión estrictamente referencial, en la enumeración de elementos que componen el espacio cotidiano ─creativo lúdico infantil─ de una casa. Sin embargo, cuando pensamos en los límites explicativos (argumentativos) de la subordinada causal con que concluye el poema (“porque fue un año duro/ y pensé que nos lo merecíamos”), intuimos que las razones son de otro orden y ya se han dado en el poema, para justificar esa suerte de acto de catarsis familiar, después de que las cosas se han salido de quicio. Como si lo que se connota ─siempre un lenguaje─ entre las cosas se tensara con lo que denota el sujeto poético.

     Así descubrimos la fuerza sutil y evocadora de la que es capaz este poema. Una prueba de su delicadeza es el detalle significativo desde el punto de vista afectivo (“dibujos con y sin dedicatoria”), como un indicio de su resolución final. Otra es el juego asociativo que “cartas de Cars” permite hacer con “House of cards”, la casa de naipes que se derrumba en la canción de Radiohead. La explicación del año vivido no debe buscarse tanto en la clave simbólica de algunos términos (los “escombros” del hogar y la idea de que “todo lo apoyado en superficies“ se vuela, por ejemplo, alusiones que comparten el aire hiperbólico del poema que contrasta con el control emotivo de las dos frases finales), sino más bien en la disposición caótica de toda esa materia nimia esparcida ─lo liviano, lo frágil, lo superficial, lo fallido (un clip que no sirve para sujetar, un estíquer sin pegar)─, que connota lo efímero y cambiante del hogar.

     El viento también juega con los límites sensibles del poema. En muchos sentidos. Los diversos estados de la materia (lo abollado, lo pelado, lo desenrollado) se expresan con una violencia aliterada de letras p, c y ll, que evoca el choque, el corte, la fricción (“peladuras”, “lápiz”, “expensas”, “papel”, “crepé”, “estíquer”, “clip”; “cartas”, “Cars”, “con”, “dedicatoria”; “bollitos”, “desenrollado”). Su extrañamiento, mediante el inglés o la fonetización de algunos nombres (“Cars”, “estíquers”, “crepé”). A lo que se suma el ritmo de la palabra, que no tiene otro objeto que el de reproducir el ritmo del pensamiento, esto es, de los movimientos nacientes, inconscientes, que lo acompañan, de una violencia coronada en “Rugía, ese viento, traía lluvia frenética:”, donde la coma después del verbo resulta un recurso tonal (innecesario gramaticalmente), antes de dar paso al sosiego enunciativo ─que se volverá calma en el plano ficcional después de la descarga─ de la conclusión de la escena.

     Las razones felizmente no se explican discursivamente. Es la coreografía del discurso la que, a través de una serie de movimientos ideativos y sentimentales, hace que lector y texto se comuniquen en una lengua siempre extranjera.

     Diego Colomba

     Rosario, 30 de noviembre de 2019.

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