MALENTENDIDOS

Lecturas equívocas, interpretaciones erráticas de poesías dadas a publicidad…

Un poema de Estela Figueroa

No es para hablar de mí que escribo

 

No es para hablar de mí que escribo

de la glicina: cayó

su lluvia ligera

azul—

violácea—

celeste.

 

No es para hablar de la glicina

que la comparo con una lluvia

y adjetivo esa lluvia.

 

Es para detener este momento nocturno:

la casa en calma

y los pensamientos que ennoblecidos velan

por un ordenamiento

que lo abarque todo.

De Máscaras sueltas. A capella (Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2009).

     Algo del entorno real en que vive la poeta desencadena la escritura del poema: una planta. Pero como lo aclara el desarrollo argumental del poema (dos refutaciones y una afirmación final), el sentido de llevarla adelante no se halla en el yo de la poeta (un necesidad expresiva) ni en la planta misma (un afán testimonial): se trata de algo más difícil e improbable: eternizar un estado de gracia, en el que se espera en calma la fusión del sujeto y el mundo en una totalidad trascendente.

     En un despliegue autorreferencial usual en la escritura de Figueroa, la primera estrofa da cuenta del motivo (la dimensión temática) del poema. La contundencia de su presencia y su modo de aparecer, de revelarse (acentuada por la palabra aguda “cayó” al final del verso) a la vista, tiene su correlato pictórico en el adelgazamiento de los versos como una llovizna, como los racimos característicos de la planta (algo que también se trabaja en el ritmo, con la sucesión de una palabra aguda, una grave y una esdrújula). Las rayas de diálogo corrigen perceptivamente el color de la planta que varía con la luz del momento. A la rotundidad de la caída (que se expresa con una metáfora: una comparación enfática) se le opone su liviandad-suavidad (“ligera”) y la idea de ascenso que supone lo cósmico (“celeste”), que transfigura la imagen realista de la planta. En ese sentido, la glicina también se cae (se desnuda en su ser) como tópico referencial realista del poema.

     La segunda estrofa, por su parte, da cuenta de su comportamiento retórico: describe lo que el lenguaje hizo al presentar la imagen de la planta. El poema se detiene moroso en sus procedimientos, crea un suspenso. Y el sujeto se manifiesta consciente de lo que ha llevado a cabo: como veremos, solo hasta ese límite podrá serlo.

      Es la tercera estrofa la que se ocupa de la dimensión ética (enunciativa) del poema: cuándo y dónde enuncia el sujeto poético y con qué objeto: allí es donde el adjetivo “nocturno” y la polisemia del sustantivo pensamientos (pueden ser ideas o flores) hacen de la sentencia final (“es para”) la afirmación paradojal de un estado de incertidumbre sobre el mundo y de una consciente necesidad de trascendencia (“detener este momento”), de búsqueda de un “ordenamiento” total (que someta el caos) al que puede aspirar el sujeto a través del poema y del arte en general.[1] Los pensamientos del sujeto se vuelven entes independientes: hay un "pensamiento" autónomo que trabaja en el poema (las flores, según el poema, también lo tienen), disociado de la inteligencia cerebral, una inteligencia propia del poema que nos permite entrar en comunión con la otredad (de nosotros mismos también). La poética de Figueroa alude a ese proceder inconsciente de los recursos que potencian las posibilidades de este encuentro en la escritura. La poesía se vuelve una íntima fe en la que el cosmos se revela, una ética que se construye en acto. Una glicina, contingente y fatal en su caída, puede comunicarnos con un más allá, un buen poema puede volverse un artefacto que nos ayude a creer.

     Diego Colomba

     Rosario, 24 de marzo de 2017.

[1] En una de las pocas entrevistas que le han hecho, Figueroa rescata una anécdota autobiográfica que se conecta sin duda con el estado de gracia al que alude el poema. Sin intenciones de hacer biografismo, resulta interesante hacerlos dialogar. Después de deslizar un prejuicio sobre el dinamismo productivo de los autores, Figueroa narra una experiencia: “Desconfío de la gente que escribe muchos poemas. Que te dicen: Ay, ahora estoy escribiendo tanto… No sé, porque realmente es una conexión. Una vez, una mina de mi barrio me hizo reiki. Nos hicimos amigas. Ella me hacía masajes. Para ella, yo era su amiga azul. Un día, me dice: Te regalo un reiki. El reiki no se cobra, es una ofrenda, una persona que cree que en ese momento puede ponerse en contacto con vos. Acepté. Me acosté en la camilla. Ella daba vueltas alrededor mío. En un momento, abrí los ojos y vi que ella lloraba mucho. Yo tenía tal estado de paz, que tuve una alucinación, como la entrada a algo y predominaba el color rosa. Me duró mucho tiempo ese estado. No necesitaba tomar mate ni comer ni ver televisión ni nada. Y lo más importante: sentir que en tu vida no ha pasado nada grave. Nada que te haya dañado para siempre. Me fui a caminar a Parque del Sur y me sentía tan importante como un poquito de césped. Eso me daba mucha tranquilidad. Era importante, pero como eran importantes los árboles, el césped. Y formábamos parte de una cosa, que vaya a saber una dónde empieza y dónde termina.” La entrevista completa aquí

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