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MALENTENDIDOS

Lecturas equívocas, interpretaciones erráticas de poesías dadas a publicidad…

Un poema de Eduardo Mileo

 

Paisaje del campo de la infancia

 

Después de haber caído

la noche sobre el campo

de haberse confundido

contra el cielo la copa de los árboles

hay todavía una luz tenue

inercia de las cosas

que desean su espejo.

 

No hay un alma en la tierra.

O sólo hay almas.

La tierra

partida por un rayo

herida por un

sol de oscuridad.

 

Ha caído la noche.

Contra los árboles el pozo

se eleva de su inercia.

El campo necesita esa luz tenue:

no la fiesta de las cosas

recortadas sobre fuego.

 

De todos modos nadie

celebraría esas galas:

no hay un alma en la tierra.

 

Partida por un soplo

herida por un rayo sin sonido

la noche como un campo

sobre los árboles cae.

 

De Poemas del sin trabajo (Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2007).

     Con cierta dureza en la sintaxis, el poema de Mileo exhibe su raigambre existencial y, ¿por qué no?, religiosa. Creemos que ese rasgo musical deriva del aire sentencioso de los versos de dos o tres acentos, que no se interrumpe con algunas escansiones —como pareciera a simple vista— porque los encabalgamientos reestablecen su cadencia sostenida: “La tierra/ partida por un rayo/ herida por un/ sol de oscuridad.”; y que su impronta enunciativa (ética) proviene del tema tratado: un paisaje, algo que sustrae al sujeto (no hay un solo verbo en primera persona y son recurrentes las formas impersonales) o lo pone en un lugar secundario (de ahí su ethos humilde), cuya composición se urde con sucesivas impresiones, huellas que va dejando la luz en los ojos y en el ánimo del sujeto.

     Porque “Paisaje del campo de la infancia” es un poema sobre la luz, sobre los estados cambiantes de la luz: “Después de haber caído/ la noche sobre el campo”, “Ha caído la noche”, “la noche como un campo/ sobre los árboles cae” (adviértase la sutileza semántica de las referencias temporales de los verbos usados). La caída de la noche es una metáfora trillada del anochecer. Sin embargo, el poema desentumece los sentidos posibles de “caer”: desfallecer, abatirse. La noche claudica y una nueva luminosidad se instala: “hay todavía una luz tenue/ inercia de las cosas/ que desean su espejo.” Pero, ¿qué significa la palabra “inercia” en este caso? ¿El espíritu de la materia? ¿Una fuerza, una voluntad propia de las cosas? ¿O por el contrario una energía que otro (Dios) pone sobre ellas? Esta incertidumbre crepuscular sobre qué momento del día se trata (aunque nos inclinemos por el amanecer —el libro en el que está incluido el poema nos lleva a hacerlo— el texto provoca esa “confusión” entre el atardecer o el alba) se alimenta a lo largo del poema y el poema desarrolla una dramática, podríamos arriesgar, de la luminosidad.

     Esa tensión se expresa en el nivel léxico: “contra”, “partida”, “herida” y “no” son palabras utilizadas al menos en dos ocasiones. “Inercia” es un concepto de la física (resistencia de los cuerpos para cambiar su estado de reposo o de movimiento sin la intervención de alguna fuerza) pero en su tratamiento figurativo contradice otro de sus significados habituales (desidia) cuando alude a una especia de voluntad encarnada en las cosas (de querer seguir siendo). En el nivel retórico, a través del oxímoron (“sol de oscuridad”) y las antítesis (“No hay un alma en la tierra./ O sólo hay almas.”; entre lo que cae y lo que se eleva). Y en el nivel fónico, por ejemplo, a través del contraste entre la sonoridad ruda de las “p” y la suavidad del instante revelado semánticamente: “Partida por un soplo/ herida por un rayo sin sonido”.

     “Paisaje…” es un poema sobre la vivencia de la inmediatez: la luz, como la existencia, constituye una realidad inequívoca que se impone a tal punto que las referencias al sujeto se sustraen o debilitan. Si una de las propiedades de la luz es hacer ver, esa luz es una aparición engañosa. Lo que el sujeto ve es un espejismo, una apariencia de realidad que lo afecta en lo más íntimo, que anhela ser poseída y realizada, vivida en plenitud. Y se da cuenta de ello cuando deja de ser: la verdad del sujeto poético es inestable y se debe a su condición existencial. Lo que sigue es la insatisfacción inevitable, que ahonda la condición de aislamiento (“no hay un alma en la tierra”, insiste, como si al mismo tiempo lamentara la falta de Dios) desde la cual el sujeto busca autosatisfacerse. La verdad de existir, parece expresar el pensamiento paradojal del poema, coincide con un desocultarse imposible.

     

     Diego Colomba

     Rosario, 13 de abril de 2017.

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