FOLLOW ME

  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • c-youtube

© 2023 by Samanta Jonse. Proudly created with Wix.com

Pablo Bilsky: “Una forma de veracidad que sólo se alcanza con el delirio y la voracidad”

 

Por Diego Colomba

Desde hace muchos años, Pablo Bilsky se desempeña como profesor de literatura española en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario. Especializado en política internacional, su trabajo como periodista cobró notoriedad a través de crónicas e informes radiales desde Palestina, Israel, Grecia, Italia, España, Países Bajos, Alemania, Inglaterra, Escocia, República Checa, Irlanda, Polonia, Francia, Venezuela, Cuba, Panamá, Perú y Estados Unidos para medios locales y del exterior. Desde hace más de 20 años publica cuentos en las contratapas de Rosario 12. La editorial independiente Yo soy Gilda acaba de publicar Herodes, su primera novela, un texto que sorprende por su desborde imaginativo y su rigor formal.

Sos poeta y autor de crónicas. ¿Por qué tardaste tanto en publicar narrativa de ficción?

Siempre he tenido una gran dificultad para darles una forma definitiva a los textos de ficción narrativa. Todos sabemos que la expresión “forma definitiva” es muy discutible, claro, pero a la hora de publicar es necesario, al menos, lograr una forma provisional publicable, digamos. Publico cuentos en contratapas de Rosario 12, desde hace más de 20 años, pero nunca pensé darles forma de libro. Los tiempos del trabajo periodístico en un diario me ayudaron a cambiar, en buena medida, mi tortuosa relación con lo que escribo, pero sin esa presión, la neurosis obsesiva no encuentra freno alguno, y se me torna imposible encontrar esa forma publicable, de allí la demora, creo.

 

Más allá de la buena cohesión de las cuatro partes de la novela, de los elementos temáticos y episódicos que las enhebran (el cronista, el derrame cerebral de la mujer, los bestiarios, los restos), las mismas pueden leerse de manera autónoma sin que pierdan fuerza. ¿La idea de escribir una novela estaba clara desde el principio o surgió sobre la marcha?

Me alegra que consideres que existe una buena cohesión. Me preocupa mucho esa cuestión, me genera una gran inseguridad. Espero haber logrado construir algunos ejes que produzcan, al menos, una sensación de relativa unidad de las distintas partes. No tenía del todo claro, al principio, cómo iban a desarrollarse esos enlaces. La novela fue apareciendo conforme se fueron desarrollando los distintos textos que la componen, que son el resultado de versiones, reversiones y nuevas reversiones. Fue un proceso de reescritura que, en algunos casos, llevó más de diez años. Los textos que configuran Herodes fueron creciendo, se fueron transformando. Creo que no fue solo una transformación cuantitativa. Creo que, con cada reescritura, se incorporaron elementos metaliterarios, distintos planos y dimensiones textuales. Intenté narrar el acto mismo de narrar, sus límites, sus condiciones de posibilidad, el trabajo del cronista, sus dudas. Y fundamentalmente, me propuse describir un problema fundamental: los hechos y las palabras pertenecen, obviamente, a órdenes diferentes. Creo que a partir de esos elementos intenté producir la sensación de unidad.

Las guerras imperiales de un ex combatiente de Malvinas travestido, la religión del consumo y sus excluidos fantasmagóricos, el mundo trashumante del circo, la ablación de los cuerpos son cuatro historias que tocan con lucidez la Rosario profunda y viva. Cuanto más delirante se vuelve la escritura, más lúcida es tu visión de esas zonas de la realidad. ¿Compartís esa idea?

Comparto esa idea, claro. Y me alegra saber que sea legible esa dimensión del relato. El fluir caótico de las imágenes en la mente del cronista forma parte de lo narrado, una parte fundamental, creo. Me parece que, en este sentido, los textos que componen la novela son como crónicas voraces, por decirlo de algún modo, u omnívoras. Porque incluyen lo que sucede ante la vista del cronista, y también lo que no sucede sino en su mente, y también lo que pudo haber sucedido, y creo que esa es una manera de penetrar lo real, una forma de veracidad que sólo se alcanza con el delirio y la voracidad.

 

Tergiversando al narrador, ¿la “descomposición” (la pérdida del nombre, del color reconocible) es el dato clave de toda narración o de toda figuración de la realidad? ¿A eso se debe la omnipotencia de lo corporal y su decadencia en las historias, las múltiples referencias a la corporalidad de la escritura?

La descomposición es, efectivamente, en mi opinión, un dato clave de toda realidad, y de toda figuración que intente dar cuenta de ella. La libretita, el soporte material de la escritura, está en descomposición. Y se establece un paralelismo entre esa descomposición y la de los cuerpos. La escritura aparece como algo físico, como trabajo manual, corporal. El soporte físico de la escritura está amenazado por un proceso de descomposición que, a la vez que destruye y transforma, produce una escritura otra. La descomposición a la vez compone. Hay, entre las páginas de la libretita, una suerte de composición aleatoria de marcas, como la escritura cuneiforme, y ese es otro texto que cuenta otra historia. El cuerpo es uno de los ejes narrativos de Herodes. El cuerpo muerto, el cuerpo enfermo, el cuerpo devenido mercancía, el cuerpo como espectáculo, el cuerpo como dador de nueva vida, de resurrección.

Las permanentes referencias a la libretita del cronista, se vuelve un arte poética de la novela: lo que intenta, lo que puede, lo que pervierte la escritura. ¿Se la puede pensar también como una intensa reflexión sobre los límites o posibilidades del periodismo (sus pretensiones de objetividad, sus “mantras”, etc.)?  

Sí, hay una reflexión sobre los límites del periodismo. Por un lado, está presente la necesidad y la importancia del testimonio para la construcción, por ejemplo, de la memoria histórica. Y, al mismo tiempo, se plantean las dudas, la ignorancia del cronista, lo que no sabe, lo que no entiende. Y se plantea cómo escribir y describir esa ignorancia. “No entendí” es una expresión clave en la novela. El cronista comparte con sus lectores su asombro, su estupefacción ante una realidad que lo desborda.

 

No solo son temáticas las referencias a la crónica: pasajes de densidad poética se misturan con su retórica, en el modo de citar y presentar los personajes. ¿Perseguías deliberadamente algo o se fue filtrando tu oficio de periodista?

Creo que se fue mezclando mi oficio de periodista, por un lado, con mi trabajo como profesor e investigador en la facultad, en la cátedra de literatura española, por el otro. Y tal vez, además, se torne legible, de algún modo, la concepción de la poesía como una forma de discurso omnipresente, que funciona en todos los formatos, en todos los géneros y tipos de discursos, literarios y no literarios. Creo que el oficio de periodista me permitió, entre otras cosas, realizar una suerte de trabajo de campo en el que puse a prueba reflexiones y elaboraciones teóricas que venía mascullando desde hacía años, y sigo mascullando, claro. Mis campos de investigación incluyen la retórica, la hermenéutica y el análisis del discurso social. Quizás la densidad poética de ciertos pasajes tenga que ver con esa mezcla ¿no?

 

Hacés referencias explícitas a la danza, al estribillo y el ritornello. ¿Tiene eso que ver con la composición de la novela?

Sí, tiene que ver con la concepción de la novela, de la literatura, y de la lengua en general, como música. Quizás esto tenga que ver con lo que te decía antes de la omnipresencia de lo poético. Lo poético lo pienso siempre como algo musical, performativo, y de algún modo físico. De ahí que las reiteraciones sean uno de los recursos más utilizados, como si fueran estribillos.

 

Captás elementos de lo local, pero cada elemento, a fuerza de imaginación, conecta con la historia y la cultura universal, en un movimiento proliferante (las enumeraciones caóticas) donde lo micro se une con lo macro, una esquina rosarina con la China o la Mesopotamia, un circo francés con el origen del teatro popular argentino. ¿Te sentís deudor de Borges o de algún otro autor?

Me siento deudor de Borges con relación a cierta libertad en la búsqueda de referencias y relaciones, sobre todo entre lo local y lo universal, como vos bien describís. También me gusta pensarme vinculado a Osvaldo Lamborghini, pero esto es, fundamentalmente, un deseo de mi parte, aunque sí, algunos amables lectores han podido leer alguna marca o vestigio de ese autor en mis textos. Además, me siento muy vinculado a los autores del Siglo de Oro español, con lo que vengo trabajando desde hace más de treinta años. Creo que el barroco, tanto español como americano, me marcaron mucho. De este lado del charco, debo mencionar a José Lezama Lima, Severo Sarduy y Alejo Carpentier.

Rosario, diciembre de 2015.

Soy un párrafo. Haz clic aquí para agregar tu propio texto y edítame. Es muy sencillo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puro cuento

Nuevos exponentes de la narrativa breve de Rosario

 

Un nutrido grupo de cuentistas de la ciudad reflexiona sobre las potencialidades del género y las dificultades que concita, su relación con otras escrituras creativas, el reconocimiento de una tradición rosarina, las lecturas que marcaron vocaciones y escrituras, entre otras cuestiones del oficio.

 

Los talleres literarios, los estímulos estatales a la producción editorial, los concursos, las revistas y fanzines, los sitios web y las nuevas editoriales son en parte responsables de la vitalidad que exhibe el cuento en la actualidad. Más consultó a narradoras y narradores éditos e inéditos, más o menos reconocidos, que residen en Rosario o han buscado nuevos rumbos, para tomar una panorámica de la escena cuentística local.

El cuento es una forma narrativa milenaria, aunque su versión moderna surge en el siglo XIX. De la fascinación atávica que aún sabe provocar han hecho mención no pocos de los entrevistados. Aun encarnando enfoques y estilos muy disímiles entre sí, los escritores de Rosario encuentran en el cuento un espacio de complejidad formal y posibilidades estéticas inéditas. Y si bien cada autor consultado exhibió una singularidad notoria a la hora de entretejer gustos y obsesiones, ha dado cuenta, al mismo tiempo, de una admiración muchas veces compartida por ciertos autores clásicos, una inocultable tibieza a la hora de reconocer una tradición local y un recíproco interés por las producciones de sus pares.

 

Un modo de circulación

Cristian Molina (1981) es oriundo de la ciudad de Leones, provincia de Códoba, pero lleva años en nuestra ciudad. Entre su intensa actividad, se destacan sus performances poéticas (inquietantes para los oídos conservadores que aún pueblan las lecturas públicas de poesía) y los títulos que viene publicando sostenidamente: Wachi book (Baltasara Editora), catalogado como novela, es uno de sus últimos trabajos y da cuenta de su recurrente intento por desestabilizar los lugares comunes, estéticos y políticos. Su segundo libro de cuentos, Machos de campo, tuvo un largo derrotero, aún hoy inconcluso. Fue finalista en un premio provincial de Córdoba y finalmente publicado por entregas semanales en el extinto sitio web Letracosmos. Su primer libro de cuentos, La Juanita, estuvo más ligado a los avatares de las colecciones, entre ellas la antología Rosario. Ficciones para una nueva narrativa (Baltasara Editora). Para el polifacético leonense, el cuento le ha permitido una forma de circulación más fragmentaria que la de los libros de poesía y las novelas que publicó.

En esa misma dirección, Matías Magliano (1982), un joven abogado que irrumpió a la escena literaria local con Desnudo pateando una moto (Río Ancho Ediciones), con el que obtuvo una mención en el Concurso de Narrativa organizado por esa editorial en 2013, destaca la facilidad con que se puede acceder a un autor por la multiplicidad de soportes de la que el género se vale. Considera que, si son cortos, los cuentos pueden alcanzar la divulgación de la que goza la poesía: “me acuerdo por ejemplo de haber leído “Clarita”, un cuento de Ariel Zappa, en un blog; en Facebook, “El espíritu de Perón” de Virginia Feinmann; o escuchar por radio la lectura de “Asociación libre” de Pablo Colacrai. Recuerdo lecturas de cuentos en bares, en contratapas de los diarios o en suplementos literarios.”

Agustín Alzari (1979) es oriundo de Junín, provincia de Buenos Aires, y está radicado en Rosario. Es autor de Un cuadro rural, un libro inédito de cuentos, cuyos primeros tres relatos aparecieron en Rosario, en un folletín entre experimental y popular llamado Los amanecidos, en el 2001, y el resto fue escrito entre esa fecha y 2008. El conjunto exhibe el pulso creativo del que ya han dado cuenta algunas de sus publicaciones, entre las que se destaca la novela La disolución (Yo soy Gilda). Actualmente trabaja en una serie de cuentos infantiles. A Alzari le resulta muy atractivo el hecho de que los cuentos puedan funcionar sueltos, en antologías, en pequeños pasquines, como muestras de una escritura: “un hecho que no se da solo por su extensión”, aclara, “sino precisamente por esa capacidad de los lectores de inferir, de expandir un artefacto que a veces resulta sumamente breve.”

 

Las posibilidades del cuento

Su ópera prima Maraña (Baltasara Editora) no llevaba dos años en las librerías, cuando la prensa especializada porteña incluyó a Natalia Massei (1979) entre las autoras nacionales cuyos personajes femeninos resultan audaces e innovadores. Para la rosarina, que en la actualidad se encuentra abocada a la corrección de un libro de poemas y a la planificación de una novela, “el cuento permite desarrollar una historia de manera breve y en sentido, si el artefacto narrativo funciona bien, tiene la potencia de un acontecimiento: una intensidad que emerge y sacude la situación dada, altera el equilibrio. Es como detenerse en un momento preciso, una parte de un devenir que empezó antes y que continuará más allá del relato, pero se trata justamente del momento crítico donde se devela una verdad no manifiesta hasta entonces.”

Aunque acaparó la atención de los medios locales con una novela, La doble ausencia (Editorial UV), con la que ganó el Premio Latinoamericano de Primera Novela Sergio Galindo de la Universidad Veracruzana, Javier Núñez (1976) también escribe cuentos y los ha reunido en los libros La risa de los pájaros (Editorial Ciudad Gótica) y Praga de Noche (El ombú bonsai). Entre otras, a Núñez le interesan dos de las posibilidades que ofrece el género: “la variedad temática y estilística, o de registros, que permite; y su inmediatez, esa capacidad que tiene de plasmar una especie de instantánea, un recorte autoconclusivo que implica sutileza, concentración y una intensidad indispensable que precipite al lector a una lectura completa de una sola vez. La novela opera de otra forma: con desviaciones, acumulación, distinto tempo, en busca de contener un universo completo. Mientras la novela tiene horizontes el cuento tiene bordes definidos. Pero eso, lejos de atentar contra el cuento, le añade valor porque permite la alusión —a través del recorte preciso— de aquello que queda por fuera del borde.”

Tetris (U.N.R. Editora) acaba de salir a la venta. Se trata, según su autor, Federico Ferrogiaro (1976), de una narración extensa, y aclara sobre su adscripción genérica: “aunque a veces me excedo en la extensión y puede parecer otra cosa, siempre escribo cuentos.” Con varios libros de cuentos en sus espaldas, entre los que se destacan el premiado El pintor de delirios (E.M.R.) y La niña de sus ojos (El ombú bonsai), Ferrogiaro advierte que “el cuento ofrece el formato perfecto para contar o narrar lo que se quiera. Sea una anécdota, una fábula o un pensamiento. La brevedad y la concentración de las acciones que se relatan te permiten provocar múltiples efectos en el lector (o al menos intentarlo), pero demandan de oficio, preparación y (muchas) correcciones o reformulaciones antes de poder decir que está terminado (y tampoco lo está en sentido estricto). Además, las variantes que se pueden introducir son muchas, infinitas. Digo: el cuento es un género sumamente explorado y explotado, pero inagotable, proteico, dinámico, que está siempre renovándose.”

 

Las dificultades del cuento

En “La violinista”, texto que cierra La curva de Ebbinghaus de Carolina Musa (1975), dice la hablante del poema: “Quiero llegar a la violinista pero me voy por tangentes. Por eso no puedo escribir una novela, no me atengo al plan, cerebro de limón, liman las conexiones, los personajes se ponen a anotar sueños o se cansan y ya”. Sabiendo que los autores hablan a través de máscaras, le preguntamos a Musa sobre la experiencia de haber escrito los cuentos reunidos en el volumen En el cuerpo quién sabe (Baltasara Editora), que acaba de presentar en su Orán natal. Responde que le lleva tiempo conocer a los personajes una vez resuelta la historia antes de empezar a escribir: “lo disfruto un montón pero no siempre puedo hacerlo. En cambio los poemas vienen como algo natural, aunque los corrijo mucho, pero generalmente no los escribo de un modo reflexivo. Es decir: para mí los poemas son altamente intuitivos, los cuentos al revés”, concluye.

Pablo Colacrai (1977) nació en Noetinger, provincia de Córdoba, pero creció y vive en Rosario. Se formó en el taller de Alma Maritano, de quien fue finalmente ayudante. La noche en plena tarde (Río Ancho Ediciones) es su primer libro y exhibe una madurez tonal y compositiva sorprendente. Para Colacrai, las dos dificultades principales que plantea la escritura de cuentos son el tratamiento del narrador y la forma. En el primer caso, se trata de “encontrar la voz correcta para contar una historia y para mostrar lo que se debe mostrar y ocultar lo que se debe ocultar, es fundamental. Cada cuento va a necesitar una voz original y única que es la que puede narrar esa historia y producir el efecto deseado mejor que ninguna otra.” Con respecto a la forma, considera que en ella reside una complejidad propia del cuento: “La forma es lo que hace que un cuento sea un cuento. La exacta distribución de los datos y de los indicios, la delicada construcción de los climas y de los desenlaces, hacen que el cuentista siempre esté extremadamente preocupado por la forma (o la estructura, como quieran llamarlo) ya que ahí se juega el éxito o el fracaso del cuento. El cuento es cruel, exigente.”

Fueron libros de cuentos, Los Dogos (Ciudad Gótica) y Alexandria (UNL Ediciones), con los que Marcelo Britos (1970) inició su carrera como autor édito. Después aparecerían las novelas y los premios (con Empalme (EMR, 2010), 1° premio en el concurso de narrativa “Manuel Musto” y  A dónde van los caballos cuando mueren (Aurelia Rivera), ganador del certamen internacional "Sor Juana Inés de la Cruz") y la poesía. Aunque seguiría escribiendo y publicando cuentos: Como alguien que está perdido (El ombú bonsái) y El último azul de la noche (El ombú bonsái). Advierte que le cuesta mucho escribir cuentos después su primera novela: “fue el género con el que empecé en el oficio, pero se me hace muy complicado hoy trabajar en eso. Es para mí el género más complejo, en cuanto posibilidad de lograr la atención y la conmoción del lector en formas breves, la elección del tema y el efecto que creo debe tener, tanto en el principio como en el final. Los argentinos nos hemos concentrado demasiado en el cuento realista, quizá porque después de Borges y de Cortázar hubo como una “cancelación” de lo fantástico. Lo que convierte al cuento en otro gran desafío, en volver a esos temas de aquella tradición, o en renovarnos un poco en el realismo. Yo no puedo pensar el cuento en relación a la novela, son dos formas de narrar completamente diferentes. La novela es toda una vida, el cuento es una porción de esa existencia, un hecho. Y en esa porción hay que decirlo todo, o no decir nada. No es fácil.”

Muchos no lo saben, pero Mariana Travacio (1967) es rosarina, se crió en São Paulo y actualmente reside en Buenos Aires. Después de ser finalista de numerosos concursos nacionales y extranjeros, irrumpió en la escena literaria con Cotidiano (Baltasara Editora), algunos de cuyos cuentos, de factura excelente, dejan oír una voz singular. Acaba de entregar, para su edición por Metalúcida Editora, un libro de cuentos que saldrá el otoño próximo y que se llama Como veneno en abril. Travacio cree que la dificultad mayor a la hora de escribir cuentos está dada por la elección del punto de vista: “Me parece que de esa elección dependerán todas las que siguen: elegir el narrador, el tono del relato, los elementos que resultarán relevantes para esa historia o para esos personajes. Y después, hay que confiar en el lector. Sí, hay que confiar en el lector sin perder de vista algo que decía Borges: que decir de más una cosa es tan de inhábiles como no decirla del todo.”

Los rosarinos saben de la versatilidad de Verónica Laurino (1967): narrativa juvenil, novela y poesía, género al que pertenecen sus últimos dos títulos publicados: Paren de pisar a ese gato (Libros silvestres) y Sanguíneo (Baltasara Editora, en coautoría con Fernando Marquinez). También ha incursionado en el cuento y sus textos circulan en revistas y publicaciones colectivas. Laurino confiesa que no se siente cómoda con el género pero a veces esa incomodidad le resulta estimulante: “en una novela, si tengo un personaje interesante, lo hago vivir y que interactúe con otras personas y en general las historias fluyen y se resuelven. En los poemas me siento más libre todavía. Ahí radica el dilema del cuento, en la dificultad. Un cuento requiere de un mecanismo invisible de cierta perfección que nos da poco margen para el error. Por ejemplo, en un libro de 11 cuentos es muy difícil que uno como lector encuentre que son todos buenísimos, pero quizás en la búsqueda leemos una perlita como “Madera” de Alice Munro y lo recordaremos siempre.”

 

El cuento como entidad monstruosa

Cristian Molina concibe la escritura como “una forma de intensificación del mundo que se manifiesta primeramente en el cuerpo y que luego trata, a veces de modos estériles, de trasladarse a ese otro registro donde todo es en la palabra”. Y concluye: “el cuento ofrece un ritmo y un modo de escritura que da mayor potencialidad para trabajar con las intensidades. Y ese trabajo ofrece una posibilidad de cruce con la poesía, una cierta destreza para captar los pequeños fraseos y regodeos que ofrece el lenguaje.”

Las posibilidades que encuentra Matías Piccolo (1974) en el cuento responden más bien a la permeabilidad del género a su propio desborde sintáctico que a valores intrínsecos del género. Para el autor de Nueva tiranía de la escritura (Baltasara Editora), un libro que prueba una irónica conciencia del oficio que marca un antes y un después en la cuentística producida en la ciudad, “hacer cuentos permite armar conjuntos, arbitrarios o dinámicos, de varias ideas temáticas independientes que no podrían cohesionarse con cierta felicidad conceptual en la tópica que pretendería el texto de una novela. El cuento, por su medida, plantea la posibilidad de obviarse toda esa morosidad “residual” de la novela para iluminar la idea del mensaje con una cantidad concisa y breve de elementos bien definidos que no necesitan mayores extensiones para su cabal interpretación. Esto no deja de ser harto difícil en mi caso, casi imposible, pues soy un charlatán tendido en el barrial espiralado de la redundancia y no un lacónico esteta, como bien me gustaría. Escribo cosas que terminan siendo cuentos solo por su geometría, por el volumen de caracteres. Son textos anodinos que pasan por cuentos porque son más cortos que lo que se supone es la novela, dentro del rubro de la ficción. En la generalidad, luego de elegir si se cose el texto en prosa o en verso, solo queda la cantidad de palabras que se utilizan para materializar la ocurrencia.”

Para Matías Magliano también se vuelven difusas las fronteras del cuento: “me resulta muy difícil agrupar cuentos como género, porque las diferencias que puede haber entre sí pueden hacerle pensar a uno que ni siquiera es justo que se llamen del mismo modo.”

Sebastián Rogelio Ocampo (1977)  publicó los libros de cuentos ¿Querés que juguemos? (San Luis Libro), premiado por Ana María Shua, Alicia Steimberg y Angélica Gorodischer en un concurso nacional, y El verano más largo del mundo (Río Ancho Ediciones). Ocampo es médico y suele escuchar de sus pacientes la frase “cada médico con su librito” y cree que en la literatura sucede algo parecido: “cada cuentista con su librito. Antes me ajustaba más al concepto que yo tenía del cuento, como un universo cerrado que no dejaba aristas al azar. Ahora me doy más libertades y paradójicamente creo que los resultados son mejores. Creo en la escritura desde el inconsciente, hay algo que quiere ser dicho desde lo profundo de nuestra alma y eso debe dejarse decir, y si se ajusta al formato de cuento, pues mejor. ¿Qué es un cuento, al fin?”

 

Apartados

Felices definiciones del cuento

Para Pablo Colacrai, el cuento “no da segundas oportunidades. No hay segundo saque. (La conocida metáfora de Cortázar de que debe ganar por knock out y no por puntos es, quizá, inmejorable). Debe convencer al lector desde la primera línea y debe empujarlo, casi obligarlo, a leer de corrido hasta el final.”

Natalia Massei recuerda otro enunciado célebre de Cortázar: “el cuento gana por knockout, mientras que la novela gana por puntos.”

Según Matías Magliano, “el cuento es el estruendo entre dos silencios.”

“Por sus características”, advierte Javier Núñez, “el cuento tiene un tipo de lector muy concentrado, donde los resquicios funcionan como rajaduras. Mientras que la novela es la función completa del circo, hacer un cuento es como ser equilibrista: si te tambaleás, aunque no caigas y llegues al final de la cuerda, lo único que queda al final es ese momento de vacilación.”

Vanesa Gómez (1986), autora de Sirena entre los dedos (Río Ancho Ediciones), libro con el que ganó el Primer Concurso de Narrativa Río Ancho Ediciones, recurre a la geometría: “el cuento es un género tan complejo, cerrado, centrípeto. De forma esférica: un microcosmos armónico y perfecto.”

Mariana Travacio también rememora las palabras de Cortázar, cuando equipara una novela a una película y un cuento a una fotografía: “me resulta útil pensar el cuento como una postal, como un recorte de una realidad más vasta, como asomarse a una mirilla y espiar una imagen que sea síntesis y alegoría de un todo más complejo.”

 

Deudas locales

Podríamos aventurar que son pocos los cuentistas de Rosario que han impresionado las vocaciones literarias de los nuevos cuentistas. Algunos lo lamentan, como Alejandro Pereyra, quien advierte que no leía autores rosarinos antes de empezar a escribir, aunque ahora le parece un “grave error”. Otros descreen incluso de la existencia misma de una tradición local, como Marcelo Britos, quien señala que “Rosario no tiene tradición de cuentistas, a pesar del legado de Booz o de Martini, aunque ya sea más porteño que rosarino. Hay proyecciones que son más que auspiciosas, como las de Federico Ferroggiaro, que es un cuentista innato, aunque ahora esté incursionando en la novela. Pero al trabajo de Federico lo leí tardíamente como para recibir de él una influencia. La poesía es el género elegido por los rosarinos. Debajo de cada baldosa hay dos o tres poetas. No es casual, las figuras de Aldana, de Oliva y tantos otros, tienen mucho peso.”

La presentación de un libro fue la oportunidad para que Cristian Molina conociera a un cuentista rosarino de las generaciones intermedias: “Uno de los cuentistas que más me impactó en su momento fue Osvaldo Aguirre.  De hecho, a los cuentos de Osvaldo llegué por la presentación de Rocanrol (Beatriz Viterbo), que realicé en el Museo de la Memoria. No nos conocíamos con Osvaldo, pero él, parece, quería una lectura de gente más joven y me llamaron para eso. Cuando leí el libro quedé muy impactado. Había diferentes cuestiones que me imantaban. Por un lado, el trabajo con la voz, con una prótesis de oralidad que sacada al cuento del registro solemne con que suele escribirse. Los personajes provenientes del lumpenaje villero, en algunos casos, otros perseguidos traidores de la dictadura, imprimían un fraseo, un ritmo casi poético al cuento. Eso me atrapaba. Además, había como una especie de unidad  temática, violenta, cruel, y yo en ese momento ya estaba concluyendo La Juanita. Y por otro lado, eran cuentos que salían fuera del corsé genérico de la modernidad de Poe o Quiroga, ya que retomaban la otra vía del cuento, más milenaria, la del mero relato sin la exigencia genérica, clasificatoria y formalista del final impactante.”

Natalia Massei reconoce que desde hace un tiempo viene leyendo sistemáticamente autores rosarinos, sobre todo de las últimas dos décadas, con los que, en algunos casos, tiene vínculos personales: “me encontré con una multiplicidad de obras sólidas y singulares que van articulando un espacio literario en el que alojarse. Entre los cuentistas podría mencionar a Osvaldo Aguirre, Marcelo Britos, Carolina Musa, Federico Ferroggiaro.” En el mismo sentido, Matías Piccolo confiesa “un triste desconocimiento como para rastrear incidencias en mi escritura. Leí a Gorodischer, a Riestra, por nombrar a los consagrados, pero cuentos aislados, de ellos y de varios otros contemporáneos emergentes como Ferrogiaro, Massei, Suárez. Me acuerdo ahora del libro “A espaldas del arúspice” de Pablo Solomonoff, y podría decir que su lectura me incentivó. El cuentista de la ciudad que más leí es, por lejos, Fontanarrosa. No sé si he sacado cosas de allí, en el sentido del ordenamiento sintáctico y cierto léxico para recrear diálogos; podría ser…”

Federico Ferrogiaro confiesa haber llegado bastante tarde a los escritores que se decían o se les decía “rosarinos”: “de adolescente, recuerdo solamente haber leído a Alma Maritano, a Rosa Fasolis y a Angélica Gorodischer. Después conocí, a través de la lectura, a Jorge Riestra, a Alberto Lagunas, a Jorge Barquero, a Alberto Miyara, a Elvio Gandolfo, a Osvaldo Aguirre. Leer a estos, y otros autores, me llevó a descubrir que muy cerca había gente que escribía, que estaba escribiendo. Aguirre o Riestra vivían acá, a cuadras de mi casa. Entonces, siguieron otros libros de cuentos de escritores, digamos, más próximos a mi edad. Gente con las que compartía, al menos parcialmente, un modo de mirar el mundo, lugares recorridos, experiencias vividas. Me interesó descubrir y visualizar cuánto en común y cuánto de diferente tenía con ellos, con muchos de ellos. A veces los temas eran similares, pero el tratamiento que le dábamos no, nada que ver. Te nombro algunos: Javier Núñez, Pablo Colacrai, Marcelo Britos, Nicolás Manzi, Natalia Massei.” Agustín Alzari no solo lee a algunos de sus contemporáneos sino que reconoce que incidieron en su escritura, como Sebastián Bier y Matías Piccolo, con quienes trabajó en Los amanecidos, según sus propias palabras, “un proyecto que adoptó  la forma del folletín tensionándola hacia una escritura más personal y contemporánea. Un momento central de mi formación como escritor”, recuerda, “todo en un plan alocado de escritura y publicación grupal.”

Verónica Laurino menciona a “un cuentista rosarino que ya no vive en Rosario pero sus cuentos me parecen muy buenos y es Patricio Pron, sobre todo sus libros El mundo sin las personas que lo afean  y lo arruinan (Random House Mondadori) y La vida interior de las plantas de interior (Mondadori). No creo que hayan incidido en mi escritura pero son libros que me hubiera gustado escribir.”

Como autores rosarinos que marcaron su escritura, Sebastián Rogelio Ocampo nombra al inédito  Alejandro Rébola y  a sus compañeros del taller de Alma Maritano: Sebastián Villar Rojas, Pablo Colacrai, Vanesa Gómez, Martín Sansarricq. Y agrega que le encanta leer a Javier Núñez. Al igual que Ocampo, Vanesa Gómez menciona a sus compañeros del taller de Alma Maritano. Y valora sus aportes: “aprendí de los aciertos y errores no sólo propios, sino también de mis queridos compañeros.”

 

Once narradores que alimentaron el deseo de escribir cuentos

El primero obtuvo trece menciones, y el último tres. Una lista de los autores que dejaron marca en los escritores entrevistados.

1. Raymond Carver

2. Jorge Luis Borges

3. Julio Cortázar

4. Edgar Allan Poe

5. Antón Chéjov

6. Horacio Quiroga

7. Franz Kafka

8. Ernest Hemingway

9. Jerome David Salinger

10. Roberto Bolaño

11. Abelardo Castillo

 

Proyectos de escritura

Algunos planes de obra, por su mera formulación, dan cuenta de un despliegue creativo digno de compartirse, aunque, como aclaran sus responsables, nada garantice su concreción.

Cristian Molina lleva años trabajando en un proyecto que este año mutó: “Los dorados de la Florida, los llamaba en un principio. Eran cuentos pornos que transcurrían en las duchas del Balneario de Rosario en su mayoría, en una tetera. Pero con el tiempo me fui hastiando de componer una sola constelación temática. Y transformé ese proyecto mínimo en uno más ambicioso, quizá, que se llama, por ahora, Siga siga siga el baile.  En él, un grupo de amigos  se reúnen para salir un fin de semana y empiezan a bailar, emborracharse. Hasta que se corta la luz y toda la ciudad queda a oscuras. Con el proyecto frustrado, uno de ellos decide, entonces, que empiecen a contar historias para pasar la noche.”

Según sus propias palabras, Matías Piccolo alardea con el siguiente plan: “componer cinco libros de extensión similar en una serie decreciente. Se tratarían de veinticinco textos agrupados en conjuntos impares: el primero, de nueve, ya está en los anaqueles (Nueva Tiranía de la escritura, lo editó Baltasara en 2015); el segundo, de siete (creo que se llamará “El pías oscuro” o “El campo negro”); el tercero, de cinco (imagino que será el mejor pues todavía no tengo nada decidido allí y debo arrancar de cero); el cuarto, de tres (pero aquí ya los “cuentos” pasan a ser novelitas, y creo que el título será “Tres novelitas ejemplares”, es lo que estoy escribiendo ahora); el último y quinto, de solo un texto, será, qué otra cosa, sino la idea crecida de un cuento que adoptó el cuerpo mayor de una novela (cuyo título provisorio es un interés que compartíamos con Agustín Alzari en tertulias atardecidas: “Los números fríos de la literatura”). El índice de textos que ostento al día de la fecha para este proyecto (que cerrará para el podio mi fabulosa carrera de escritor) es promisorio; no así su ejecución, acabado y novedad.”

Poco tiempo atrás, Carolina Musa realizó un viaje al norte del país en un colectivo con muchas paradas y repleto de gente: “12 de los pasajeros eran miembros de la misma familia, con la romántica idea de “pasar más tiempo juntos", según dijeron, porque hablaban a los gritos. Entonces, como era predecible, el colectivo se rompió. Y mientras pasaba el tiempo en la ruta, la familia empezó a sacar trapitos al sol. Fue muy divertido y estoy escribiéndolo.”

Marcelo Britos está trabajando con un conjunto de cuentos de terror, hasta ahora sin ningún proyecto editorial: “Considero que es el momento de escribir ese subgénero, una época de mucha angustia e incertidumbre que puede discutirse a través de esas historias. Lo que nos acecha, lo que nos destruye. El terror es en definitiva la metáfora hiperbólica de la amenaza de siempre, la muerte, la destrucción o el deterioro de nuestros cuerpos.”

Javier Núñez tiene seis o siete cuentos terminados y está escribiendo otros dos, con vistas a un libro que los agrupe para después sí buscarle una editorial. Explica que “son cuentos de corte realista, emparentados por un punto de quiebre emocional —a veces explícito y a veces insinuado— que irrumpe y sacude las vidas de estos personajes. Va a ser en un libro con contrastes: ambientes urbanos y de encierro, pero también parajes aislados de montaña, un crucero en alta mar, casas rurales. Son cuentos en los que tanto aparece una violencia simbólica, o a veces concreta, como la ternura, la desilusión, la soledad.”

Federico Ferrogiaro está embarcado en dos proyectos: uno personal y otro colectivo: “además de escribir cuando puedo, estoy corrigiendo un volumen, que se titula Par de seis, con doce cuentos escritos entre 2010 y 2015. La mayoría son inéditos y algunos fueron mencionados o premiados en concursos. El otro proyecto consiste en la preparación de una “antología” de cuentos de escritores de la zona pero con una particularidad: cada cuento incluye un desarrollo, realizado por un docente diferente, con consignas y relaciones con otras artes, para ser leídos y trabajados en la escuela media.”

El poeta y narrador Luciano Trangoni (1974), autor de las novelas Los Zapatos de los Muertos (Ciudad Gótica) y Acá no hay dónde (Ciudad Gótica) y el libro de cuentos 17 pesos y monedas (Ciudad Gótica), tiene un libro de relatos siempre a punto de cerrarse, pero que sigue enriqueciéndose lentamente con nuevos textos: “esto me indica que el libro aún tiene que acabar su proceso de crecimiento, y por lo tanto no hay que apurarlo”, explica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

This site was designed with the
.com
website builder. Create your website today.
Start Now